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Hay un tema que merece toda nuestra atención y es justamente el tema de
nuestra propia alma. Cada paso que damos hacia el conocimiento de nosotros mismos significa un gran salto hacia la realización de nuestras metas, porque al contacto con nuestra esencia espiritual se liberan la energía y el amor necesarios para trascender nuestras limitaciones. En un lenguaje claro y accesible, aunque exigente y profundo, aquí se nos muestra qué podemos hacer para que nuestra alma sea una presencia cada vez más real en nuestra vida cotidiana. |
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| Cómo darle a nuestro
verdadero ser la prioridad que merece |
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INVITACIÓN Todos buscamos una vida mejor, más plena y significativa. Queremos un mundo en el que la paz, la seguridad y el bienestar sean no sólo conquistas externas sino también realizaciones interiores. Un mundo en el que el miedo y la desesperanza sean desplazados por la confianza y la serenidad, que son nuestro verdadero patrimonio. Sabemos que tienen que operarse cambios profundos si queremos lograr la elevación colectiva de la humanidad, pero frecuentemente olvidamos que todo empieza en nuestro propio corazón. Si la principal causa del malestar mundial reside en la falta de conciencia de millones de seres humanos, la forma de desplazarla es despertando a una conciencia superior. Y ya muchísimas personas estamos determinadas a avanzar en esa dirección, cueste lo que cueste. Las vertiginosas transformaciones del mundo de hoy nos están mostrando que es evidente la necesidad de desplegar nuestro mayor potencial interior. En las últimas décadas esta búsqueda interna se ha intensificado en forma extraordinaria, como lo demuestra la abundancia de caminos espirituales y la proliferación de libros sobre estos temas; intuitivamente sabemos que ya es hora de elevar nuestra estatura ética y de ensanchar nuestros horizontes vitales. El gran desafío de nuestro tiempo consiste en percibir ese palpitar profundo de nuestra época, el cual sólo puede ser realmente comprendido en la medida en que nos logremos sintonizar con nuestra propia alma, en un lenguaje nuevo, trascendiendo los acercamientos exclusivamente religiosos. En este libro propongo vías concretas para esta sintonía interna, mediante un método que responde a las exigencias y posibilidades actuales. No me cabe la menor duda de que al desplegar el inmenso potencial del alma, ante nuestros ojos se abrirá un amplio abanico de posibilidades de trabajo y los resultados no se harán esperar, tanto en lo personal como en lo colectivo. Me inclino reverente ante la Vida Una. Que ella nos ilumine y despliegue Su Magia a través nuestro, permitiendo que la semilla aquí plantada tenga flor y fruto de verdad. |
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| APERTURA
La apertura es una cualidad interior, gracias a la cual nos podemos acercar con un respeto profundo a todo conocimiento, fusionando en ese esfuerzo la frescura e inocencia del niño, la agudeza mental del adulto y la experiencia vital de quien ha permitido que el paso de los años le deje una fortaleza nueva. La apertura es en sí misma una valiosa realización, fruto de la armonía entre un corazón anhelante de amor, una mente sedienta de conocimiento y un espíritu urgido de más luz. La primera actitud esencial para acercarnos a nuestra propia alma es la apertura, llave que abre las puertas a cualquier nuevo conocimiento. Apertura significa ganas, frescura, inspiración. Narrémosle un buen cuento a un niño y veremos hasta dónde puede llevarlo su imaginación. Enseñémosle un juego nuevo y en su entusiasmo tendremos el mejor ejemplo de lo que es una actitud abierta y receptiva. El niño no se juzga, ni se limita por su pasado, ni menos por el que dirán, sino que se deja arrebatar por unas ansias inmensas de explorar, de sentir, de fascinarse, de hacer. Por eso es importante que desde ahora procuremos infundirle a nuestro trabajo interior esa misma actitud simple y receptiva. Se ha vuelto muy popular el cuento oriental en el que un maestro vierte su jarra y llena hasta el tope la taza de té de su discípulo, pero no se detiene ahí sino que continúa vaciando el contenido de la jarra; cuando el aprendiz advierte al maestro sobre su descuido, aquél le dice que, en igual forma, él como discípulo está tan lleno de sus propias ideas que todo lo que se le enseñe caerá en saco roto. Empecemos entonces por preguntarnos con mente abierta: ¿Qué es realmente el alma? Abundan las personas que niegan de plano la posibilidad que exista algo así. Para otras el alma es un concepto teórico impreciso, fruto de una extraña mezcla entre ideas religiosas y confusos indicios vivenciales. Pero hay un hecho innegable, experimentado cada vez por más personas, y es que dentro nuestro hay "un algo más" que trasciende completamente las vivencias cotidianas y que reclama nuevas formas de acercamiento. Tales experiencias, vividas por millares de personas comunes y corrientes, están corroboradas además por el testimonio de numerosos caminantes. En las más diversas épocas y en los más recónditos lugares, siempre han aparecido sabios, iluminados, santos, magos o profetas, y todos ellos han explorado esa vivencia. El Ser, el Yo Esencial, el Ser Interno, el Yo Trascendente, el Morador Interno, el Maestro en el Corazón, el Yo Superior, el Observador Silencioso, el Compañero Invisible, el Alma... bajo estos y muchos otros nombres, ellos se han referido a esa realidad interna. Quienes hemos perseverado en la búsqueda espiritual, en el estudio y el autoconocimiento, hemos podido comprobar experimentalmente que el alma es una energía, una presencia, una luz, un amor que nos envuelve y compenetra. Y sí, tal vivencia implica un estado de conciencia que trasciende nuestra existencia personal habitual, usualmente demasiado identificada con las realidades de la vida diaria. Así como la Sicología ya ha aceptado la existencia de patrones de conducta conscientes y subconscientes, ya está penetrando en lo que denominan percepciones supraconscientes. Prueba de esto son los postulados de la Sicología Transpersonal, entre cuyos exponentes se encuentran el prestigioso sicólogo y pensador Ken Wilber, así como Stanislav Grof y Jean Houston. Cuando hemos hecho los debidos esfuerzos, nuestra alma se manifiesta y nos muestra, más allá de toda duda, las elevadas realidades del reino espiritual. El escritor Edward F. Edinger describe bellamente algunas de las características de este encuentro con el alma:
Quienes hayan tenido la fortuna de leer el divertido libro El Caballero de la armadura oxidada del escritor Robert Fisher, habrán podido constatar que su propia experiencia corrobora lo que afirma este autor: somos mucho más que la envoltura física que tenemos; dentro nuestro habita un ser "hermoso, inocente y perfecto". Con un fino sentido del humor, Fisher nos muestra lo absurdo que resulta identificarnos con nuestro cuerpo y con nuestras emociones. El breve relato, tierno y profundo, muestra a un hombre de la época medieval que se identificó tanto con su armadura que casi se volvió uno con ella, con el consiguiente sufrimiento para él y sus seres queridos. No es casual que tantas personas hayamos sentido un deleite tan especial con esta obra. Su extraordinario éxito comercial comprueba que el salto de lo cotidiano a lo trascendente se está operando prácticamente a niveles masivos. Estas realidades del alma se reconocen como frutos tangibles manifestados en nuestra vida: mayor bienestar y equilibrio, más energía y entusiasmo, y mejores resultados en la vida práctica. Mi experiencia me ha llevado a concluir que el alma es algo profundo que vibra en nuestro corazón, cuya esencia es Amor, y es una elevada presencia que inspira nuestros más sublimes pensamientos, cuya esencia es Luz. Esta no es una simple afirmación en sentido figurado, sino que concuerda con una descripción suministrada por la literatura oriental, según la cual hay "un par de hilos de luz dorada, que parten del corazón y de la cabeza, como si fueran dos cables dorados entrelazados que ascienden hacia el alma". Pero contactarnos con nuestra alma no es tan fácil como parece. Para alcanzar las realidades del alma tenemos que abrir no sólo nuestra mente sino nuestro corazón. Hay que buscarla insistentemente. La auténtica apertura, realmente desde adentro, no es fácil. Cada persona atesora a lo largo de su existencia un puñado de verdades esenciales, y se mantiene en guardia contra cualquier conocimiento nuevo que pueda sacudir los cimientos de aquel edificio duramente construido. Pero por fortuna, la actual proliferación de grupos espirituales y religiosos, la diversidad de corrientes de pensamiento y las nuevas concepciones de vida, nos están ayudando a romper con muchos de los esquemas con que fuimos educados. El espíritu mismo de la época nos lleva así a dejar atrás los puntos de vista cerrados y separatistas. La naturaleza está llena de ejemplos que nos pueden ayudar a abrirnos a la magia del cosmos. El capullo, por ejemplo, vive en un proceso de gestación en el que nada pareciera anunciar el color, la forma o el perfume, hasta que la planta siente que ha llegado el momento, y muy lentamente, al contacto con la luz, el botón nos sorprende con una riqueza única de diseños y matices. La flor se hace lentamente, en la paciencia decidida de la semilla que retoña, en el tallo que asciende jubiloso, en el capullo que se anuda y se despliega. Y al asomarnos a un nuevo horizonte espiritual estamos recreando ese proceso en nuestro ser, que poco a poco se abre a una luz mayor. Si a veces ese proceso implica dificultad, o incluso dolor, no lo temamos: aunque somos criaturas de luz, quizá nos hemos acostumbrado de tal forma a la penumbra de lo conocido que cualquier emanación de luz superior hiere nuestros ojos. No cabe duda de que la Naturaleza es una artista insuperable, pero, ¿qué de nosotros? ¿cómo abriríamos esa flor? Hay un poema de Tagore que muestra cómo tendemos a apresurar la floración, violentando ese sublime proceso, en tanto que los pacientes rayos del sol son suficientes para que las plantas inunden la tierra con la alegría de sus colores. Aprendamos de la Naturaleza. Hagamos nuestra esa paciencia y permitamos que la sabia y serena mirada de nuestra propia alma nos conduzca hacia nuestro destino luminoso. La apertura mental y espiritual nos muestra que el tema del alma no se circunscribe en absoluto a lo religioso o a lo místico, sino que está directamente relacionado con toda actividad que implique progreso y beneficio real para la familia humana. El significado que Emerson le daba a la palabra alma, en sus apuntes para el libro The Over Soul, resulta bien elocuente:
Quienes han avanzado con determinación en las sendas del campo religioso, científico, social, artístico o práctico, se han visto ante el portal de un mismo mundo espiritual. Así lo confiesa, por ejemplo, el físico Gary Zukav, investigador y divulgador de los misterios y maravillas de la física cuántica. Se trata del libro El lugar del Alma. Otros científicos, como Capra, Bohm, Pribram y Sheldrake son testimonio del vínculo entre ciencia y espiritualidad. En el campo de la Sicología, Carl Gustav Jung también reunió indicios sobre la realidad del alma a lo largo de su obra. Valga citar una frase de su libro El hombre moderno en busca de su alma:
Y en la política contemporánea, el checo Vaclav Havel sorprende con la fuerza de una vivencia interna que le llevó a la presidencia de su país, luego de dolorosos años de cautiverio. Su mensaje: hay que ponerle alma a la política no es fruto de un eslogan demagógico sino de una poderosa experiencia. En su libro Cartas a Olga nos dice:
Las nuevas concepciones del alma reclaman hoy más que nunca enfoques innovadores, contrarios a todo hermetismo. La relación con nuestra propia alma puede ser hoy más dinámica y estrecha de lo que nunca creímos posible. Una de las victorias de los tiempos actuales consiste en que poco a poco muere la tendencia a creer que se tiene una verdad única y absoluta. Ya muchas personas aceptan con más naturalidad el hecho de que también puede haber validez en la forma como otros ven la vida, así sus conceptos choquen a veces con lo que siempre supusieron que era la espiritualidad. La apertura en sí, como herramienta permanente en el trabajo interior, y como tarea específica que podemos empezar a asimilar y a poner en práctica, hace posible que nos acerquemos con nuevos ojos al universo de nuestra propia alma. Así se desarrolla en nosotros una actitud profunda de sensibilidad al cambio, a fin de evitar que nos quedemos anclados en cada parcela de conciencia ganada. Cada nuevo cielo percibido tendrá otros horizontes aún más vastos por ser explorados. A medida que elevamos el llamado a nuestro ser, nuestra conciencia se podrá ampliar gradualmente a fin de recibir, comprender y canalizar energías y fuerzas superiores a las que hasta ahora estábamos acostumbrados. Sé que muchas de mis afirmaciones parecen simples expresiones "bonitas". Pero detrás de mis palabras hay muchas horas de vivencias y esfuerzos. Por ejemplo, la frase anterior sobre la expansión de nuestra conciencia y la capacidad para captar energías más amplias, es el fruto directo de más de veinte años de prácticas de meditación, y de muchas horas de consagración al servicio y al estudio. Ese proceso de expansión ha venido ocurriendo en mi propia vida con el correr de los años. Muchos de quienes han efectuado esfuerzos similares en su búsqueda de respuestas tangibles ante los grandes problemas de la humanidad, se han abierto paso igualmente hacia experiencias más incluyentes en cuanto a consciencia y percepción. El proceso de apertura, así tenga inevitablemente ciertos momentos críticos de confrontación y ruptura, en buena parte puede suavizase mediante una preparación sensible, metódica e inteligente, con plena comprensión mental de lo que nos está ocurriendo. La evolución del pensamiento del hombre a lo largo de su historia se ha caracterizado por un proceso dual, cíclico, que ha oscilado entre dos extremos, que podríamos llamar el de la expansión y el de la consolidación. Ninguna verdad es rígida, ni estática, sino que es sinónimo de expansión. Una vez que un conjunto de verdades ha logrado penetrar en la conciencia humana, aparece una etapa de comprensión y de asimilación. Cuando ya los nuevos conocimientos son parte del dominio del ser humano, otros aspectos más amplios y profundos se pueden abrir paso, obligando a una completa revisión de las bases de las verdades anteriores. La consolidación de una verdad lleva en sí el germen de la apertura, y ésta a su vez prepara nuevos períodos de consolidación, pues ambas fuerzas forman parte de un mismo y único proceso viviente. La espiritualidad de hoy es exigente porque tenemos que consolidar en nosotros mismos las grandes y sublimes enseñanzas de Maestros como Cristo (el camino del amor y del sacrificio) y Buda (el camino de la compasión y la iluminación), antes de estar en capacidad de abrirnos a las nuevas expresiones espirituales propias de nuestra época. La semilla germen invisible en la flor y luego consolidación en el fruto maduro revienta en la tierra y se hace tallo frágil que luego se eleva y se afianza, hasta repetirse luego en flores y semillas, en un ciclo mágico e interminable. El verdadero avance hacia el autoconocimiento se va logrando cuando armonizamos la mente y el corazón. Es largo el camino para lograr ese acuerdo mutuo, pues somos herederos de un arraigado sentido de dualidad. El gran reto consiste en abrirnos poco a poco a nuestro ser, hasta llegar al punto en que "Dios es más real que el pan en que hincas tus dientes", citando a Saint-Exupéry. Tal reconocimiento no siempre es fácil. Exupéry padeció, como muchos, el angustioso laberinto del intelecto, con sus dualidades mente-alma, aparentemente irreconciliables. En su libro Ciudadela nos cuenta sobre este trance:
Como toda cualidad que cuando es llevada a un extremo se convierte en limitación, uno de los peligros de ser demasiado abiertos a todo conocimiento es que podemos caer en una incapacidad crónica para profundizar en un solo camino. "Aprendiz de todo, oficial de nada", como dice nuestro adagio popular. Existen personas sumamente tolerantes, abiertas a diversos caminos espirituales pero incapaces de ahondar en uno solo con la suficiente entrega y dedicación. El sentido común, tan necesario en todo proceso de interiorización, nos dice en este caso que conservemos siempre en nosotros un espacio interior libre a la exploración y a lo imprevisto, pero que nos disciplinemos y perseveremos en el trabajo de acercamiento al alma. Nuestra verdadera esencia es amor, de modo que abrir el corazón es penetrar en la intimidad de nuestra alma. Abrir el corazón significa hacer que el amor sea en nosotros una vivencia real y profunda, que se manifieste cabalmente en nuestras relaciones con los demás. Ya que el amor es el fruto de un proceso que implica vida y crecimiento, podemos imaginar a nuestra vida como un árbol cuyas ramas se extienden hacia todos lados: existe por ejemplo la rama del afecto y la ternura, la de la amistad misma, la del amor de pareja, la del amor a los hijos, a los hermanos, a los padres, a los familiares, a nuestra comunidad y país, y a toda la humanidad. Cada uno de estos lazos se va forjando a medida que transcurre nuestra vida. Al crecer interiormente, estas relaciones van cobrando nuevos matices y significados más amplios. El amor es la mayor experiencia que puede tener un ser humano, pero no es un milagro que llega de un día para otro; es el fruto de un cuidadoso proceso, que se inicia cuando eliges una buena semilla y la plantas con inteligencia y con dedicación. Hay muchas semillas que sirven para dar origen al árbol del amor, pero todas se basan en la determinación de servir sin egoísmos y en la capacidad para forjar grandes ideales. ¿Y cómo adecuar la tierra para plantar esta semilla? Con realismo y con trabajo. Lo mismo que el campesino consagrado a su labor: largas jornadas de mucho sol y sudor. Arar, arar y arar. No hay ningún sustituto para el esfuerzo. Y luego plantas la semilla y la cuidas, te regocijas con los primeros brotes, proteges el arbusto de plagas y parásitos, lo acompañas pacientemente en su proceso de crecimiento... y cuando menos te das cuenta, tienes todo un árbol. El amor maduro es maravilloso, fecundo, lleno de afectos, amistades, vivencias, encuentros, magia, imaginación, colorido, realismo, aventura, emoción, crecimiento... Vale la pena repetir aquella frase: nuestra verdadera esencia es amor. Esta es la naturaleza misma del alma. Uno descubre su esencia amorosa cuando se conoce lo suficiente a sí mismo y cuando se ha esforzado por servir a los demás. Muchas personas desconocen las leyes del amor y creen que amar es cosa fácil. Confunden el refinamiento emocional con el amor. El indicio innegable del amor genuino es el sentido de responsabilidad ante todo lo que existe. Por eso el gran poeta Rainer María Rilke afirmaba: "El amor es una alta exigencia". El amor es lo más maravilloso del mundo, pero debes merecer semejante regalo. Esfuérzate por dar amor. Ámate. Llénate de vivencias amplias, variadas y profundas. Sólo puedes dar de lo que tienes, y para poder dar amor debes primero llenarte de amor. El amor no es una mera emoción: es una vivencia profunda, trabajada, cultivada. Una de las claves está en saber elevarte, pasando desde la reacción emocional hasta la respuesta amorosa. Esto requiere un gran corazón y mucho autodominio. Y te ayudará a descubrir la gran diferencia que hay entre la emotividad y el verdadero amor. Amar es dar, es servir. "Amor es hechos y no buenas razones", decían nuestros abuelos. Hay que estar pendientes para reconocer cualquier oportunidad de servir, no importando lo pequeña que pueda parecer. La clave está en prepararnos, permaneciendo atentos al llamado del verdadero amor, que no es otro que el llamado del alma. Hay un poema de Jalil Gibrán que dice: "Cuando el amor te llame, síguelo, aunque sus caminos sean agrestes y escarpados. Y cuando te hable, créele, aunque su voz pueda desbaratar tus sueños como el viento asola tus jardines. Así como te agranda, también te poda. Así como sube hasta tus copas y acaricia tus más frágiles ramas que tiemblan al sol, también penetrará hasta tus raíces y las sacudirá de su arraigo a la tierra". Al contrario de lo que muchos creen, hoy en día abundan las oportunidades para contemplar el verdadero rostro del amor. No hay obstáculos para el buscador sincero, para el que está determinado a cultivar los valores elevados, a escalar las altas cumbres. Seguimos al amor cuando damos de nosotros mismos, cuando nos conmovemos ante el dolor y la necesidad de nuestro hermano, cuando lo acompañamos mediante un acto, una palabra de aliento, una sonrisa, una plegaria. Amar es dar, pero el dar debe ir acompañado del suficiente discernimiento. La motivación profunda con que lo hacemos es lo más importante. El sendero hacia las realidades superiores cobra vida cuando uno se dispone a escucharse, a escrutarse a fondo como vía hacia el autoconocimiento. Cuando se da cuenta de que lo que vale es lo que uno logre conocer y cambiar de sí mismo. Abrir nuestro corazón significa atrevernos a explorar zonas ocultas de nuestra conciencia, valorando y disfrutando lo bello que nos habita, pero también desafiando aquello que bloquea nuestro avance, con una férrea voluntad de trascenderlo. "Si estamos henchidos de amor ¿no desaparecerán todos los obstáculos?". Cuando uno se esfuerza por observarse de veras, empieza a enfrentar los aspectos desagradables de su naturaleza, no ignorándolos ni justificándolos, sino procurando desenmascararlos, ajeno a todo sentimiento de culpa, con la intención de superarlos. Quien no se abre a la luz no sabe lo exigente que puede resultar ese esfuerzo, pero tampoco sospecha la dimensión de los goces que su alma le tiene reservados. Como veremos en nuestro próximo capítulo, es fácil hablar o incluso pensar en nuestras debilidades, miedos, egoísmos o pretextos, pero otra cosa es enfrentarlos con sabiduría, siempre sobre una base de amor por uno mismo. Si acudimos al alma veremos que ella impartirá en nosotros una provisión de voluntad que nos hará capaces de trascender lo que sea. Un Maestro se refirió alguna vez a "...esa amplia y abierta sencillez que predispone a la expectativa de lo nuevo que está por precipitarse". Vale la pena considerarla como tema de reflexión durante algún tiempo. ¿En qué medida tengo esa abierta sencillez? ¿Qué es lo nuevo que está por manifestarse? ¿Cómo puedo captar realmente aquello que se está precipitando? ¿Cómo distinguir la voz del alma en medio de tantas voces internas y externas? Al reflexionar sobre el tema de la apertura, y al incorporar esta actitud a nuestro diario vivir, empezaremos a desarrollar una actitud esencial que nos acompañará a lo largo de todo el proceso de autodescubrimiento. El camino que estamos recorriendo hacia nuestra propia alma tiene connotaciones muy definidas: luchando por abrir nuestros corazones y por avanzar hacia la luz estamos descubriendo cómo hacernos más sensibles a las necesidades de los demás y cómo nutrirnos con nuevas y más poderosas fuentes de inspiración, tanto a nivel interno como a nivel planetario. La apertura es una actitud interior que parte de un respeto amoroso y profundo, de una fina sensibilidad y de una inteligente capacidad de discernimiento. No importa cuánto creamos tener de estas cualidades, necesitaremos ejercitarlas en grado superlativo si estamos determinados a desentrañar riquezas mayores del mundo espiritual. ¡Es tan magnífico el tesoro, que todo esfuerzo vale la pena! |
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